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Guantera

RPM2: Pulsaciones por minuto

5: Reinicio

Expulsé pequeñas cantidades de agua entre sonoras arcadas para satisfacción del equipo de médicos que me rodeaba, al comprobar la eficacia de la maniobra de reanimación cardiopulmonar que habían realizado sobre mi pecho. Philippe estaba arrodillado a mi lado, y, detrás de él, se encontraba la atenta mirada del comisario Besson, que en pie, degustaba un cigarro en busca de aplacar su mal disimulado nerviosismo generado por la situación. Al fondo, un equipo de bomberos se encargaba de amansar el fuego que consumía la casa.

—¡Michel! ¡Maldito susto! —Philippe me ayudó a sentarme. Al apoyarme con la mano izquierda en el suelo gesticulé una pequeña muesca de dolor, fruto de la herida que me provocó el disparo. Fue audible por una de las enfermeras, que acudió a sanarme.

—¿Te encuentras bien, muchacho? —El comisario se acercó para interesarse por mi estado.

—S… si. Algo aturdido, solo es… ¡Au! —El desinfectante aplicado me provocó resquemor.

—No te quejes, que podrías estar muerto. ¿Porque no me hiciste caso?

—¿Que pretendías, Phil? ¿Que esperase en el jardín con un cigarro a que llegarais tú y el señor Besson con la caballería mientras alguien campaba a sus anchas dentro de la casa?

—Así es —replicó el comisario—. Ha sido una temeridad entrar sólo ahí. —Aplicó una última calada al cigarro—. ¿Has podido ver algo?

—Era un hombre, eso seguro, pero con la oscuridad poco más he visto. Además, iba vestido de negro por completo y llevaba la cara tapada. Cuando entré estaba en el salón. Corrió hacia el balcón previo intercambio de disparos, rompió la cristalera y escapó. Yo quise seguirlo y cuando me disponía a saltar… explotó todo.

—Y por suerte para ti caíste dentro de la piscina.

—¡Vaya, no me había percatado! —Estiré con los dedos de mi mano derecha mi camiseta empapada—. Pensaba que habían sido los bomberos.

—La próxima vez te dejamos dentro del agua —A Philippe no le sentó muy bien mi respuesta.

—¿Dices que intercambiasteis disparos? ¿Le diste?

—Creo que si, en la pierna.

—Daré el aviso a los hospitales de la zona, pero dudo que sirva de algo.

—¿Que quiere decir? —Me levanté del suelo en el momento que la enfermera finalizó la cura, y me cubrí con un par de grandes toallas.

—Que el que ha entrado no era un aficionado cualquiera. Lo más probable es que pertenezca a una banda organizada, así que ya se encargarán de curarlo sin pasar por el hospital —Puntualizó el comisario—. Aun así, cuando puedas tenemos que hablar en profundidad acerca de lo sucedido. Y de otros asuntos.

—Pues tendrá que esperar hasta mañana. Esta noche voy a seguir con el plan previsto e iré al hospital a dormir con Mélissa.

Caminé entre los diversos escombros que poblaban el jardín y me dirigí a la entrada de la casa, o más bien, a lo poco que quedaba de ella. El panorama que se vislumbraba desde la puerta principal era desolador. La explosión la había destrozado casi por completo, y la estructura exterior seguía en pie de milagro. Mirar hacia el interior era como observar la boca del infierno, con todo el mobiliario calcinado, mientras los bomberos se encargaban de extinguir los pequeños focos aún latentes. La explosión había volatilizado la mayoría de mis pertenencias, y calcinado todos los ahorros generados por los robos de los dioses. Me dispuse a entrar pero me lo impidieron.

—No puede pasar. No es seguro.

—¿Y cuándo podré hacerlo? Necesito recuperar mis pertenencias.

—Aún no lo sabemos. Tenemos que asegurarnos que acceder al interior no supone un peligro. Será mejor que vuelva mañana.

Y con esa frase lapidaria me quedé de pie, inerte, con la mirada perdida en un punto indefinido del interior, rodeado por dos toallas ya húmedas que apenas mitigaban el frío que sentía en mi cuerpo empapado. En ese instante, mi mente empezó a asimilar que las cosas, por desgracia, iban a ser muy diferentes a partir de ese momento.

Abatido, me dirigí al Nissan. Introduje mi mano en el bolsillo del pantalón y mis dedos encontraron las llaves, que, pese a la explosión, seguían a buen recaudo. Abrí el maletero, saqué una toalla que había conseguido en la prisión y cubrí el asiento del conductor con ella. Con las que tenía puestas encima intenté secar algo más mis prendas, con estéril resultado, así que desistí y las lancé con rabia al suelo.

Subí al coche, lo puse en marcha, configuré la calefacción al máximo y sin despedirme de nadie, ni ganas de hacerlo, me alejé del lugar. Encendí el equipo multimedia y observé por el retrovisor interior como la devastada casa de mi amigo se alejaba mientras el saxofón de Crockett’s Revenge de The Midnight se clavaba en mi cabeza durante el descenso.

Pasados veinte minutos de las diez de la noche entré de nuevo en el aparcamiento del hospital. Estacioné el Nissan en la primera plaza libre que vislumbre y, al bajar, observé que había quedado torcido respecto a las líneas que la delimitaban, pero no me importaba lo más mínimo. Saqué la toalla del asiento y la deposité en la primera papelera que encontré de camino a la salida del parquin. Podía acceder al edificio desde el estacionamiento, sin necesidad de salir al exterior, pero necesitaba fumar un cigarro. Para mí desgracia, al buscar la cajetilla en mi bolsillo, descubrí que estaba completamente mojada, y por ende, su contenido. Resignado entré al interior del edificio en busca de los ascensores, acompañado en todo momento por las miradas de extrañeza y los susurros apenas inaudibles pero entendibles a la perfección que las personas que me acompañaron en mi ascenso dedicaban a mi desaliñado aspecto.

Cuando llegué a la planta solicitada, salí de aquel cubículo móvil y me dirigí a la puerta de la habitación de Mélissa, que seguía escoltada por los mismos gendarmes que la vigilaban horas antes, y que tampoco pudieron disimular su sorpresa al verme aparecer con aquellas pintas.

—¿Se… Se encuentra bien? —pregunto uno de ellos, empujado más por la curiosidad que por la cordialidad.

—Sí, no se preocupe. ¿Me permite acceder?

—Por supuesto —Y ambos se apartaron para cederme el paso.

Abrí la puerta con cautela, y asomé la cabeza en la penumbra de la habitación para comprobar que Mélissa dormía. Me adentré despacio para minimizar el ruido de mis pasos, pero su sueño ligero se percató de mi presencia.

—¿Mi…Michel? —balbuceó aún dormida.

—Si, Mélissa, soy yo —Me acerqué hasta la cama, encendí la pequeña luz que había en el cabezal y le besé en la frente. Su respuesta fue acariciar mi brazo izquierdo, pero al notar el vendaje debajo de la ropa húmeda se despertó de golpe.

—¡¿Michel?! ¡¿Que te ha pasado?!

Tardé más de treinta segundos en ser capaz de gesticular una palabra sin que una fuerte opresión en la garganta me impidiese hacerlo. Lo que no pude evitar es que mis ojos se empañasen.

—Me han atacado.

—¿Cómo que te han atacado?

—Ha… había alguien dentro de casa. Vi una sombra por una de las ventanas y al entrar hubo un intercambio de disparos.

—¿Te dio?

—En el brazo, como has podido comprobar.

—¿Y porque está mojada tu ropa? —La presión volvió con más fuerza a mi garganta, así que no me quedó más remedio que girarme hacía la ventana de la habitación, respirar profundo y emprender una larga cuenta mental para calmarme y tratar de explicar lo sucedido.

—La… la casa explotó por los aires… yo salí despedido y por suerte caí en la piscina… yo no… —Me giré de nuevo y comprobé que ahora era a ella a la que de forma inconsciente le temblaba la mandíbula  —Lo siento mucho Mélissa.

Me senté en el lado derecho de la cama, frente a ella. Fijé mi mirada en sus pupilas y me preparé para consolarla ante el inminente llanto. Nos fundimos en un abrazo como nunca antes nos habíamos dado, como si fuera lo único que nos quedase en la vida. Con mi mano derecha acaricié su cabeza, apoyada en mi hombro, en aras de disminuir los sollozos que emanaban de su desgarrada alma. Al rato los lamentos disminuyeron de intensidad y poco a poco despegó su tez de mi torso.

—¿Tu…tú estás bien? —Asentí con un ligero movimiento de cabeza—. Pues el resto no importa. Es material y como tal se puede reemplazar. Pero si te llega a pasar algo a ti… yo… —Su mandíbula volvió a temblar.

—Ya está Mél, no llores más, por favor.

—Tienes… —Se secó las lágrimas con su manga izquierda—, tienes razón. Mañana llamaré al seguro de la casa. Les explicaré lo sucedido, y veremos que se puede hacer. Por el dinero no te preocupes, que aún quedan ahorros de Papá, y yo también tengo dinero guardado. Y por suerte tenemos el apartamento de Saint-Laurent.

—Si, es verdad.

—¿Porque no vas a pasar la noche allí? Estarás más cómodo y tienes tu ropa limpia.

—No. Llevo una semana sin verte, y no voy a dejar que nada ni nadie me prive  de acompañarte esta noche.

—Eres un encanto.

Besé sus labios y me levanté de la cama. Me quite la ropa y la dejé en una silla que puse cerca del radiador que calentaba la estancia, para disponer de ella por la mañana. Me metí en la ducha y dejé que el agua caliente recorriese mi castigado cuerpo. Junté mis manos y coloqué mis palmas hacia arriba, debajo del chorro.

Observé como el líquido elemento corría entre las pronunciadas arrugas que las excesivas horas de humedad habían provocado en las puntas de mis dedos. Tras veinte minutos noté que mi cuerpo volvía a su temperatura habitual. Cerré el grifo, alcancé la toalla, me sequé el cuerpo con ella y me la anudé a la cintura.

—Voy a ver si hay algún… —Al salir me di cuenta de que Mélissa dormía de nuevo.

Me acerqué a ella y la arropé hasta la altura del cuello. Después abrí uno de los armarios y busqué las sábanas limpias que siempre suele haber para la cama del acompañante. Para mi sorpresa, además, había un pijama de un solo uso sin estrenar. Lo saqué de la bolsa, me vestí, desplegué la cama que escondía el sofá y la preparé.

Miré una última vez a Mélissa antes de apagar la luz y me acosté. No era el somier más cómodo, pero no estaba detrás de unos barrotes, si no al lado de mi amada.

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