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Guantera

RPM2: Pulsaciones por minuto

Capítulo 3: El Comisario

Abandonamos el recinto hospitalario y avanzamos por la Avenue du Maréchal Lyautey, dibujada a capricho por la sinuosa orografía del Río Paillon que fluía a su lado, y que nos sirvió para llegar en diez minutos a la Place Masséna.

Accedimos con el Porsche al primer aparcamiento subterráneo que encontramos, y, después de estacionar en una plaza que resguardara al nueveonce de indeseables portazos ajenos, salimos a la calle, que lucía diferente gracias a los adornos navideños que vestían las diferentes fachadas y columnas de la plaza, preparadas para recibir las fiestas en escasas tres semanas.

—¿Dónde nos sentamos, Michel?

—No lo sé, Phil. Tú te conocerás mejor que yo la ciudad.

—¿Yo? ¡Hacía muchos años que no venía a esta plaza!

—Mira, hay una mesa libre debajo de las columnas.

—Si, mejor resguardados —Y dirigió su mirada hacia el cielo Nizardo, que poco a poco se nublaba.

Nos sentamos y al instante un atento camarero se acercó para tomarnos nota.

—¿Que van a tomar?

—Yo un café con leche, ¿y tú Michel?

—Póngame una copa de Ron —afirmé ante las caras de estupefacción de Philippe y del camarero, que se retiró con gesto extrañado.

—El Ron no va a cambiar nada de lo sucedido, Michel.

—El café tampoco —Saqué un cigarro del paquete, y lo dejé en la mesa.

—Michel, debes calmarte. Así no solucionarás nada.

—¿Acaso tiene arreglo esta situación? Séb está muerto, como el bebé que esperábamos, y Mélissa ingresada el hospital con la pierna operada.

—Pero está viva.

—Ya veremos si no le deja secuelas importantes —Le administré una larga calada al cigarro antes de seguir la conversación. —¿Quién crees que le disparó a Nasser?

—Buena pregunta. La verdad es que no se me ocurre. Pero tampoco le des más vueltas. No es algo que deba preocuparte porque está claro que tú no fuiste, así que ya se encargará la policía de encontrar al culpable.

—¿En serio no te interesa saber quien realizó aquel disparo tan certero?

—¿Crees que fue certero? —Bebí un trago de la pequeña copa que me acababan de servir.

—¿Lo dudas? ¡Le voló la mano! Y el disparo no venía de cerca precisamente

—Quizás apuntaba a la cabeza —la respuesta de Philippe me dejó pensativo.

—¿Sabes? Tienes razón. No importa si el disparo iba dirigido a la cabeza. Nasser está muerto igual —Saqué otro cigarro—. Por cierto, me tienes que decir cuánto has pagado de fianza, para poder devolvértelo —Le expresión de culpabilidad que se dibujó en su cara y el hecho de que no pudiera disimularla, lo delató—. ¿Phil?

—Yo no he pagado la fianza

—¿Y quien la ha pagado?

—Nadie

—¿Cómo que nadie? Mira Phil, te prometo que hoy es el día menos indicado para cualquier gilipollez. ¡Los guardias dijeron que habían abonado mi fianza!

—Y así es, por lo menos de forma oficial —Un hombre alto, con una barba blanquecina y bien rasurada y unos ojos cubiertos por unas ochenteras Persol Ratti, contestó antes de sentarse a nuestro lado. —Buenos días caballeros.

—¿Qué está pasando aquí? —Hice el ademán de levantarme, pero la mirada que Philippe me lanzó volvió a sentarme en mi lugar.

—Michel, te presento al comisario Besson.

—Es un placer ponerte al fin cara, Michel —extendió su mano para estrecharla con la mía.

—Me encantaría responderle de igual manera, pero yo no tengo el gusto de saber quién es usted.

—Tienes razón. No jugamos en igualdad de condiciones —Retiró su mano tras no obtener el saludo deseado y se la llevó a sus gafas de sol, que levantó por encima de su frente y posó en su cabello cano, para dejar al descubierto unos diminutos ojos oscuros—. Soy el comisario François Besson, director del DGSE, o si lo prefieres, el jefe de Mélissa —Sus palabras provocaron una gran sorpresa en mí que apenas pude disimular—. Espero que ya te suponga un placer el conocerme.

—No creo que nada pueda producirme hoy un mínimo de gusto —Propiné una nueva calada al cigarro que se consumía en el cenicero—. Pero espero que el motivo de su inesperada visita consista en alguna noticia que me produzca cierta alegría.

—Tutéame, por favor.

—Prefiero no hacerlo.

—Está bien —Abrió su chaqueta, sacó un paquete de Marlboro y se llevó un cigarro a la boca. De otro bolsillo sacó un Zippo plateado con el lema oficial de la república francesa grabado en ambas caras. Lo destapó, corrió la piedra con su pulgar y se encendió el cigarro—. El DGSE necesita de tus servicios, y entre rejas eres poco útil.

—¿Los servicios de un ladrón?

—El mejor ladrón de coches que este organismo ha conocido en su historia —Exhaló una bocanada de humo—. Has puesto en jaque a la policía municipal y a la gendarmería. Eres casi una leyenda viva.

—Y vivo quiero seguir.

—Pues de ti depende el lugar donde quieres disfrutar el resto de tus días. Y entre rejas no hay mucha libertad.

—¿Tengo que seguir robando coches?

—Volver a robar —interrumpió Philippe.

—Los coches han desaparecido —Añadió el comisario Besson ante mi cara de sorpresa—. Cuando llegamos al garaje de Levens, no había nada. Y nada es nada. Recogieron todo con minuciosa meticulosidad, limpiaron hasta la última huella y solo dejaron las paredes. ¡Los técnicos científicos se están volviendo locos buscando algo! —Propinó una nueva calada—. No sabemos dónde están los dioses. Hay varios focos de investigación abiertos, pero no hay nada claro.

—¿Y porque me necesitan a mí?

—Porque no eres policía, porque conoces los coches, y porque no hay ningún agente que sea capaz de conducir como tú lo haces.

—Menuda gilipollez. Aunque no conduzcan como yo, no serán mancos —Me quedé pensativo durante uno segundos—. No pienso hacerlo.

—Y porque estás acusado de pertenencia a organización criminal, robo de vehículos con tentativa de homicidio, delitos contra la seguridad vial, varios excesos de velocidad, falsificación documental, tenencia ilícita de armas…

—Y porque se lo debes a Mélissa —Sentenció Philippe.

—¿Ella sabe algo de esto?

—¿Crees que aceptaría? —Negué con el movimiento de mi cabeza—. Como te he dicho esta mañana, no necesita alteraciones innecesarias.

—Tienes razón.

—Michel, siento por lo que estás pasando, —El comisario quiso ser condescendiente—, pero ya sabías a lo que te exponías en el momento que aceptaste el encargo.

—Así es. Pero no le quepa la menor duda que volvería a hacerlo —Airado, me levanté ante la mirada de François y Philippe, que se terminaba su taza de café—. Ha sido un placer conocerle Comisario Besson, pero tengo que ir a buscar mi coche. Phil, ¿me acompañas?

—Si, por supuesto —Se levantó de la mesa—.Ya nos vemos, François.

Entré a abonar las dos bebidas y nos dirigimos al aparcamiento. Subimos al Porsche y salimos a la Avenue Verdun acompañados del bronco sonido del seis cilindros plano.

—¿Dónde está el depósito municipal?

—En el número 61 de la Route de Grenoble  —Le miré con cara de circunstancias al no conocer el lugar—. El depósito que hay cerca del aeropuerto, por encima del Boulevard René Cassin. Habrás pasado por delante cientos de veces.

—Ya se cual es.

—Michel —Philippe mencionó mi nombre para romper un incómodo silencio generado por la situación vivida en la plaza.

—Dime Phil —le contesté sin apartar la mirada de la carretera.

—Siento que estés molesto. Debería haberte avisado de todo esto.

—No te preocupes. Entiendo la dificultad que supone manejar una situación así. Y no puedo estar más que agradecido contigo y todo lo que has hecho por nosotros.

Al llegar detuvimos el Porsche en un lateral y bajamos para dirigirnos a una pequeña garita de seguridad habitada por un policía municipal que impedía el acceso al recinto.

—Buenos días. Vengo a buscar mi vehículo

—Me permite su CNI, por favor —Le extendí el solicitado documento, del cual introdujo los datos en el ordenador —. ¿Es un Nissan 300ZX rojo?

—Así es

—¿Me indica la matrícula?

—dos, ocho, ocho, tres, equis, b, setenta y ocho.

—Muy bien. Serán ciento noventa y ocho euros con noventa céntimos —Molesto por la cantidad del obligado parquin, abrí la cartera y le entregué dos billetes de cien euros.

—Tómese un café a mi salud —y rechacé las dos monedas de cambio, hecho que consiguió generar la desaprobación de aquel funcionario.

—Tenga, las llaves del vehículo. Ya puede pasar a por él. Lo encontrará al fondo del recinto—. Me devolvió mi carné de identidad y cerró la ventana de la garita de forma abrupta.

—¿Qué vas a hacer, Phil? —le pregunté mientras guardaba mi cartera en el bolsillo del pantalón.

—¿Esperarte para volver a casa no?

—Te lo agradezco, pero quiero estar solo. Necesito pensar.

—¿Estás seguro?

—Si, por favor.

—Entiendo. Está bien, me voy a casa. Si me necesitas, llámame —Se acercó a la puerta del Porsche.

—Phil —Al escuchar su nombre detuvo su paso —, de nuevo, gracias por estar siempre ahí —Y nos fundimos en un abrazo.

—Ya sabes que tanto tu como Mélissa podréis contar siempre conmigo —Se despegó de mí y se subió al coche, para desaparecer junto con el sonido del motor bóxer, que se diluía en la distancia.

Accedí, al fin, al depósito municipal de Niza. Un vasto solar que albergaba un centenar de coches. Andaba entre ellos a la vez que pensaba el motivo que les recluía allí. El mayor número, los que estaban al principio, tenían una multa puesta en el parabrisas, señal inequívoca de que su dueño había aparcado de forma errónea y despreocupada. Más adelante aparecían coches con aparatosos golpes, que hacían entrar escalofríos al pensar que suerte habían corrido sus ocupantes después de ver el estado de algunos, reducidos a un amasijo de hierros. Y al fondo, un último grupo albergaba coches de alta gama, inmaculados pero cubiertos por una densa capa de suciedad, y a ciencia cierta propiedad de personas de dudosas actividades empresariales. Era dentro de ese grupo, al lado de una puerta de garaje, donde se encontraba el Nissan. Para la policiía, formaba parte de la peor calaña de la sociedad.

En comparación con el resto de vehículos, apenas tenía suciedad encima de la carrocería, algo inusual al haber estado en la intemperie. Me acerqué y al tirar de la maneta comprobé que los seguros estaban desbloqueados. Me senté en el asiento del conductor y observé con desazón como la guantera estaba abierta y todos los papeles que había en su interior restaban esparcidos por el asiento del pasajero y el suelo del mismo. Los recogí y los ordené en sus respectivas carpetas, y lo guardé de nuevo todo en su sitio.

Inserté la llave en el bombín de arranque, giré a la primera posición y el sonido de la bomba de combustible se hizo patente. Un segundo movimiento de muñeca y el uve seis se encendió de nuevo sin emitir ningún tipo de queja. Avancé despacio hacía la salida mientras volvía a regular el asiento a la posición más adecuada a mi altura. Cuando llegué a la barrera, el policía municipal que me había atendido la abrió desde su garita sin tan siquiera dirigirme la mirada.

Una vez fuera del depósito, me detuve en un lateral y desplacé mi mano por debajo del asiento del pasajero. Palpé la parte inferior del mismo hasta que noté que el arma que me había regalado Séb no había sido descubierta. Con la tranquilidad del hallazgo, bajé ambas ventanas un par de dedos y, sin importarme las primeras gotas que caían, me encendí un cigarro. Engrané primera, subí el volumen del reproductor y  Counting stars de Nina me acompañó en mi solitario regreso a Villefranche-sur-Mer.

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